Intervención
de José Joaquín Brunner, ex Ministro de Estado,
Director del Programa de Educación de la Fundación Chile,
Director
Académico de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo
Ibáñez, Consultor, Escritor.
El
libro editado por María de los Ángeles Santander y publicado
por Libertad y Desarrollo, es una importante y oportuna contribución
al debate sobre políticas de educación. Es importante,
porque busca fundar las políticas educacionales en análisis
técnico y no meramente en expresiones de deseo. Segundo, porque
reúne autores con diversas experiencias y que poseen diferentes
enfoques y preferencias, lo que permite gradualmente construir consensos,
asunto esencial en un sector que necesita políticas de largo
plazo. En este sentido, es también un libro oportuno, porque
probablemente estemos en un punto en el cual sea necesario volver a
encontrar o a construir consenso de política educacional, que
se han ido perdiendo a lo largo del tiempo.
Efectivamente,
a comienzos de los años noventa, hubo un consenso bastante grande
sobre cómo orientar tales políticas, que finalmente se
plasmó en el informe del Comité sobre Modernización
de la Educación Chilena. Las propuestas allí contenidas
han inspirado la mayoría de los programas de mejoramiento desarrollados
durante los últimos años. En cuanto al juicio o evaluación
sobre cuánto hemos avanzado existe una diversidad de opiniones,
algunas negativas y otras positivas. Personalmente, me inclino hacia
el lado positivo.
En
efecto, la acumulación de capital humano ha avanzado rápidamente
en Chile. En una década sumó un año adicional de
escolarización promedio en la población adulta, cifra
sólo superada por algunos países del sudoeste asiático
y casi el doble de la tasa de crecimiento del capital humano en América
Latina.
La
cobertura ha crecido, especialmente en tres sectores críticos:
en la educación preescolar, donde aumentó del 21% al 33%
del grupo de edad respectivo; en la educación secundaria, donde
aumentó de 77% a 84% y en la educación superior, donde
se dobló pasando de 16% a 32%.
La
educación rural, tradicionalmente postergada, muestra ahora mejores
resultados. Se ha hecho un esfuerzo serio, aunque no exento de críticas,
de reforma del marco currícular, se ha extendido la jornada en
un proceso que ha tomado más tiempo del que uno imaginaba, se
ha dado apoyo a las escuelas subsidiadas más débiles a
través de diversos programas, como el P900, la iniciativa de
reforzamiento de lectura, escritura y matemáticas, y el apoyo
a escuelas críticas a través de instituciones externas.
Ha existido una preocupación seria por mejorar las oportunidades
de capacitación de profesores dentro y fuera del país.
Por primera vez, se empiezan a hacer evaluaciones de los docentes que
llevan a premiar el esfuerzo de los que cumplen mejor. Se ha estado
midiendo de manera sistemática el desempeño de nuestras
escuelas, tanto a nivel nacional, como internacional comparado. Hay
un poderoso programa de incorporación de las nuevas tecnologías
a nivel de las escuelas primarias y secundarias, lo que queda reflejado
en el reciente estudio de Saids, que compara cerca de 50 países
y sus avances en la incorporación de las nuevas tecnologías.
Se está invirtiendo más en serio en educación en
nuestro país, aunque no todavía en los niveles requerido
para garantizar una educación masiva de calidad, para los niños
y jóvenes provenientes de los hogares más pobres.
Todo
esto significa ¿que no hay problema? Por cierto que no. Los hay
de diversa naturaleza y magnitud. El libro que se lanza hoy aporta antecedentes
y análisis que permiten identificar algunos de los puntos débiles
de nuestro sistema. Mi lista personal de cuáles son hoy los problemas
principales, incluye los dos siguientes encabezando la lista: primero,
un sector significativo, probablemente entre veinte y hasta un tercio
de los niños no alcanza las competencias más elementales
en cuarto grado básico. Este es un desperdicio de talento, resta
toda posibilidad a esos jóvenes de poder progresar en la vida
y traiciona la promesa del sistema de igualar oportunidades. Sin embargo,
este es un problema de vastas ramificaciones, tiene que ver con el origen
socioeconómico de los niños y jóvenes, por lo tanto,
con las enormes desigualdades existentes todavía en la sociedad
chilena. Tiene que ver con la socialización familiar y con el
pobre desempeño de las escuelas a que concurren estos niños.
Los
países de alto desarrollo han encontrado difícil solucionar
este problema. En el caso de los Estados Unidos, por ejemplo, un 70%
de los niños no lee en el nivel adecuado al cuarto grado, a pesar
del gasto anual en programas especiales de 120 mil millones de dólares
anuales, siendo la mayoría de estos alumnos en situación
deficitaria, niños de origen de familias pobres o de inmigrantes.
¿Qué
hacer entonces? Hay que contar con profesores, especialmente capacitados
para enseñar a niños en esta situación; hay que
contar con un régimen especial de evaluación permanente
del aprendizaje de estos niños y hay que contar con la posibilidad
de despedir e incentivar a los docentes según sus rendimientos;
hay que contar con un régimen que haga posible cambiar a los
sostenedores de las escuelas municipales o de las escuelas privadas
subsidiadas cuando de manera permanente y después de haber recibido
un apoyo no logren mejorar los resultados de aprendizaje de los niños.
En definitiva, el sistema educacional está para enseñar
a los niños, no para mantener a los sostenedores funcionando
cuando no logran un mínimo desempeño. Hay que contar con
redes de apoyo externas que presten su colaboración a estas escuelas
y se requiere un subsidio incrementado, como dicen también en
el libro Pablo González y en su artículo Bárbara
Eyzaguirre y Loreto Fontaine. En realidad, es difícil pensar,
como muchas veces ha repetido Gonzalo Vial, que con un subsidio de 20
o 21 mil pesos a nivel masivo, de ciento de miles de niños de
este origen social, se pueda efectivamente asegurar una educación
mínima de calidad. Hay que pensar que la familia profesional,
la familia de clase media o de altos ingresos en el país, están
en condiciones y entienden que es normal gastar alrededor de 100, 150
o 200 mil pesos o más mensuales para estos niños que provienen
de hogares donde reciben un alto capital cultural y donde toda la socialización,
desde el primer día, es una socialización que los va preparando
para tener éxito en el sistema escolar y luego en el desempeño
laboral. Nosotros, como país, pretendemos hacer esto mismo, para
niños con enorme déficit capital cultural, con una socialización
familiar quebrada o pobre y con escuelas de mala calidad, subsidiando
por alumno con 20 mil pesos al mes.
En
segundo lugar, la gestión educación en general no está
a la altura. Esto no corresponde, a mi juicio, necesaria o exclusivamente
a la gestión de establecimientos públicos municipalizados
o a la gestión privada de establecimiento, pues como bien muestra
el estudio de Pablo González incluido en este libro, hay decenas
de estudio que apuntan a que todavía no resulta claro, ni está
probado que un tipo de gestión resulte con mejores rendimientos
que el otro tipo de gestión. Las pruebas reciente del Simce vuelven
a mostrar lo mismo. A mi juicio, tampoco se debe a la mera existencia
de un Estatuto Docente, incluso con sus rigídeces, pues hay países
con alto desempeño, por ejemplo, en el TIMMS, que suelen tener
estatutos extremadamente rígidos y un fuerte directivismo desde
arriba, sobre las escuelas. De modo que esto es algo complejo, como
bien saben todos los que han gestionado escuelas o que se inscriben
dentro de la corriente, así llamadas: Escuelas Efectivas, que
ponen mucho énfasis en la gestión. En definitiva, se trata
de la gestión de la sala de clases, de la gestión de procesos
de enseñanza y aprendizaje, en suma de la gestión de la
formación humana. Estos más adecuados sistemas de supervisión,
de apoyo, en general de presión externa, como queda muy bien
descrito y documentado en el artículo de Bárbara Eyzaguirre
y Loreto Fontaine.
Por
qué entonces insistir en que hay que cambiar la gestión
y hay que ir a mayores grados de descentralización y autonomía?
Porque, uno puede hacer la apuesta a que una buena combinación
entre el máximo de autonomía de gestión posible
para las escuelas, con buenos sistemas de supervisión que no
tenemos en Chile, va a permitir a las escuelas obtener hoy día
mejores resultados, pero por sobre todo adaptarse mañana a los
desafíos muchos más complejos que deberá enfrentar
el sistema educacional. Hablo de los desafíos que vienen con
la revolución de la información y del conocimiento, efectivamente
el contexto en que operan las escuelas está cambiando de una
manera dramática. Las escuelas se han desarrollado durante siglos
en un sistema de conocimiento escaso y relativamente estable, y hoy
día estamos en un mundo donde la información en virtud
de Internet y donde los conocimientos se duplican cada cinco años.
En un estudio reciente de la OSD decía: hacia el año 2020
el conocimiento proveniente de las disciplinas se va a duplicar cada
70 días y obviamente, esto exige de las escuelas una forma completamente
distinta de actuar, de enseñar y de aprender.
Hablo
del cambio que viene con la educación permanente a lo largo de
la vida, esto que parecía todavía hace veinte o treinta
años cuando la UNESCO lo proclamó, una mera consigna hoy
día es el eje de toda la discusión sobre política
educaciones en los países de la OSD. Es un cambio otra vez secular.
La educación desde los más antiguos y elementales grupos
humanos ha estado ligada siempre a una suerte de rito de iniciación
para que los jóvenes se puedan incorporar al ejercicio de roles
adultos. Hoy día, vemos que esa idea de que hay una educación
que debiera ser obligatoria, en Chile estábamos entusiasmado
con la discusión de hacer obligatoria la educación de
doce años, en realidad la educación será un proceso
que acompañe a las personas a lo largo de la vida, lo cual tiene
que ver con la revolución del conocimiento de la información
y, por otro lado, tiene que ver con los enormes cambios que experimenta
el mercado laboral. Tenemos un mercado laboral que se ha vuelto mucho
más inestable y que no va a asegurar jornada completa de trabajo
a lo largo del año a todas las personas en condiciones de trabajar,
donde las personas van a cambiar muchísimo más de ocupaciones.
Un
reciente estudio decía que ya, hoy día, en Estados Unidos
y Gran Bretaña un joven que egresa del College, es decir, tiene
tres o cuatro años de educación superior, puede mirar
hacia delante a lo largo del horizonte de su vida para trabajar en 12
distintas empresas y para tener que renovar, por lo menos, tres veces
su plataforma de conocimiento. Eso dice algo muy fundamental respecto
de cómo tiene que operar el sistema educacional, ya no va a preparar
personas para que con el conocimiento adquirido durante doce o dieciocho
años puedan luego, a lo largo de 40 o 50 años, trabajar
establemente con las destrezas, las competencias y los conocimientos
que adquirió, sino que la persona va tener que estarse formando
a lo largo de la vida.
En
suma, el sistema enfrenta hoy día problemas de arrastres, los
cuales debimos haber solucionado en el Siglo XX, como el de la equidad
y de la calidad de la educación básica y media, pero que
no hemos resuelto para nada todavía. Además, enfrenta
un conjunto de nuevos problemas, que son algo así como la agenda
del Siglo XXI que va a exigir, efectivamente, un cambio muy radical
en la manera cómo concebimos la gestión global del sistema
educacional.
En
definitiva, el libro que hoy se hace público, proporciona respecto
de cada uno de estos temas que brevemente he mencionado, una amplia
gama de posibilidades para discutir sobre el futuro de nuestra educación.
Nada es más necesario ni urgente que esa discusión. De
ahí también la importancia y lo oportuno de este volumen.