ALLENDE
O LA DESTRUCCIÓN DE LA ECONOMÍA CHILENA
por Lorenzo Bernaldo de Quirós (publicado ayer en
www.elcato.org)
Aunque
la dramática situación económica creada en Chile
por el gobierno de la Unidad Popular no fue el determinante fundamental
del golpe de Estado que derribó a Salvador Allende del poder, sí
contribuyó de manera decisiva a extender la oposición de
la sociedad civil a la política del gobierno. La agonía
de la economía chilena entre 1970 y 1973 no fue el resultado de
conspiraciones internas o externas destinadas a hacer fracasar el proyecto
de cambio impulsado por la izquierda, sino la consecuencia directa de
un proyecto destinado a establecer un sistema socialista mediante la absorción
por parte del Estado de la mayoría de los medios de producción
y la eliminación real del derecho de propiedad. Este programa tuvo
como base las llamadas "Cuarenta Medidas Básicas" acordadas
por los partidos que integraban la Unidad Popular. El efecto de su aplicación
fue el colapso económico del país.
La destrucción de la propiedad privada se produjo al margen de
los cauces parlamentarios y mediante el uso ilegítimo de la ley.
Allende utilizó una corporación pública, la CORFO,
para intentar controlar los bancos. A tal fin ofreció por sus acciones
precios superiores a los del mercado. Ante el fracaso de esta operación,
el ejecutivo recurrió a "resquicios legales" que le permitieron
intervenir la actividad bancaria y controlar totalmente el crédito.
Ese mismo instrumento fue utilizado para expropiar las empresas chilenas
más importantes. En 1973, el Estado era "propietario"
del 70% de la industria. Al mismo tiempo se nacionalizaron sin indemnización
alguna millones de hectáreas, el 90% de la tierra, hecho que fue
precedido por la ocupación violenta de buena parte de ellas por
los militantes y simpatizantes de la Unidad Popular. La acción
de Allende en este terreno es una copia exacta del método empleado
por Fidel Castro para dominar la economía cubana y sus efectos
fueron finalmente los mismos: un descenso abrupto de la producción
y de la inversión.
Con la finalidad de estimular la economía y "beneficiar"
a las masas trabajadoras, la Unidad Popular impulsó un extraordinario
incremento de la cantidad de dinero en circulación y expandió
de modo espectacular el déficit público, un programa keynesiano
clásico. Este modelo provocó momentáneamente un aumento
espectacular del consumo, un repunte de la producción mientras
la inflación se mantenía bajo control, el 22% en 1971, gracias
a un estricto control de precios. Sin embargo, esta política no
era sostenible. La cuantiosa emisión de dinero y la disponibilidad
decreciente de bienes se hacen notar a finales de ese año y se
produce la primera manifestación multitudinaria contra el gobierno,
la "marcha de las cacerolas". A lo largo de 1972, ese proceso
madura. El impacto redistribuidor buscado por el gobierno se pierde en
su totalidad, el ingreso real cae, el desempleo se acelera y la protesta
popular se dispara. El control de precios se traduce en la aparición
del racionamiento y en la creación de un próspero mercado
negro. En 1973, la crónica de un caos económico anunciado
comienza a expresarse con toda su crudeza. La producción minera,
la agropecuaria, la industrial se hunden. Si se toma el tipo de cambio
medio existente a fines del período de la Unidad Popular, la pérdida
de PIB representa una cifra de 5.000 millones de dólares, lo que
equivale a la producción de cobre de siete años valorada
al precio medio del metal de 1972 y de 1973.
En los ámbitos monetario y fiscal, la coyuntura se deterioró
a marchas forzadas. En 1973, el déficit público se situó
en cifras espectaculares, la cantidad de dinero aumentó en un 300%
y Chile entró en la hiperinflación. La distorsión
del sistema de precios fue total. Si se observa el tipo de cambio oficial
se muestra una diferencia de más de 110 veces entre el correspondiente
a la importación de productos alimenticios y el que se paga en
el mercado negro. Se produjeron situaciones ridículas como la de
que un saco de harina vacío resultaba más caro que el lleno
o que el precio del huevo ascendía a 20 escudos por unidad mientras
el precio oficial de la gallina era de 60 escudos. Todo esto era un resultado
inevitable de la política de Allende.
Como era inevitable, esta crítica coyuntura interna se vio reflejada
en el sector exterior. La irracional política cambiaria del momento
hacía que, dependiendo del tipo de cambio, una camisa podía
costar entre 0.75 dólares y 95 dólares. El desplome de la
producción y el "boom" artificial del consumo elevaron
las importaciones de alimentos hasta los 650 millones de dólares,
cifra similar a los retornos obtenidos por las exportaciones de cobre,
mientras las ventas al exterior se derrumbaban. Por último, Chile
se vio obligado a declararse en bancarrota ante la imposibilidad de pagar
la deuda externa. En septiembre de 1973, el Banco Central tenía
en caja tres millones de dólares, el costo de importar alimentos
dos días. El país estaba en quiebra técnica.
La vía chilena al socialismo destrozó la economía
con la finalidad de lograr el control total del país. Desde esta
perspectiva, el manejo de los asuntos económicos estaba al servicio
de un propósito político como sucede siempre en los Estados
comunistas. Si se aspiraba a instaurar un orden marxista-leninista era
necesario acompañar la toma política del poder de una estrategia
de desmantelamiento de los mecanismos propios de una economía de
mercado, entre ellos y principalmente, la propiedad privada. Sin embargo,
el golpe dado por las Fuerzas Armadas no tuvo ese origen. Este debe buscarse
en el objetivo estratégico de crear un modelo de Estado similar
al vigente en Cuba o en los demás países del área
soviética, atropellando la Constitución y violentando la
legalidad. Desde esta perspectiva, la supresión del capitalismo
era un elemento esencial para construir un sistema totalitario.
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